viernes, 10 de enero de 2014

La bicicleta, una nueva prolongación de mi cuerpo

Antes de llegar a Ferrara había oído hablar de que era una ciudad en la que todo el mundo iba en bicicleta. ¿Eso no era en Ámsterdam? Pude comprobar que eso era cierto al ver en el socorrido Google Maps, que en absolutamente todos los rincones de la ciudad había miles de ellas aparcadas en cualquier lugar.

Nada más llegar, todos los erasmus nos hicimos con una. Decidimos pintarlas de unos colores discretos para pasar desapercibidos.


El segundo paso fue comprar un candado, el cual encontramos a buen precio en una tienda de chinos. Con el paso de los días vimos que sería muy útil ponerle una cesta. Cesta añadida. Ya nos podíamos ir a comprar con total tranquilidad. Solo que a Carmen y a mí, se nos ocurrió estrenar la cesta un día de lluvia. Ahí íbamos, E.T. y la loca de la cámara.


Una de las mayores anécdotas con la bici, fue un día que decidimos ir al karaoke. Dejamos la bici candada a una valla sin problema alguno; cuando decidimos irnos, Carmen no conseguía abrir el candado. Lo intentamos todos los que íbamos con ella. Cada vez que salía alguien a fumar o simplemente a tomar el aire, le pedíamos que nos ayudase. Diez minutos pasaron y quince hombres alrededor de esta, compitiendo para ver quién era el machote que conseguía abrirlo. Finalmente salió el dueño del karaoke con una sierra y los dejó a todos por los suelos. Nos fuimos con la bicicleta, pero con un candado menos.

Al igual tardes de paseos y buenos momentos, la bicicleta también nos ha dado más de un susto. Vivimos al límite y decidimos cogerla en días de lluvia, practicas a llevarla sin manos, hacer carreras por suelos empedrados, o con más de dos spritz en el cuerpo.


Al fin y al cabo, nos gusta. Con sus pros y contras, pero es un medio de transporte que echaremos de menos al final del erasmus.


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